martes, 1 de junio de 2010

Loves Mine (Capítulo XVIII)

Capítulo 18
En el Otro Lado, Payne se paseaba por la fuente de su madre y sus pies formaban círculos en el estanque que recogía el agua que caía. Mientras chapoteaba, sostenía su túnica en alto y escuchaba a los coloridos pájaros que se posaban en el árbol blanco que había en una esquina. Los pequeñines gorjeaban y se trasladaban de rama en rama picoteándose entre ellos y alborotando con sus plumas.
Cómo demonios consideraban que una actividad tan limitada hacía que valiera la pena despertarse cada día era algo que no comprendía.
En el Santuario no existía la concepción del tiempo, a pesar de ello deseó tener un reloj de bolsillo o un reloj despertador para saber cuanto se retrasaba el Rey Ciego. Tenían una sesión de entrenamiento todas las tardes.
Bueno, la tarde para él. Para ella, atrapada aquí de este lado, era perpetuamente de día.
Se preguntó cuánto tiempo habría transcurrido exactamente desde que su madre la había sacado de su estado de suspensión profunda y le había permitido algo de libertad. No había forma de saberlo. Wrath había comenzado a aparecer regularmente hacía aproximadamente… quince veces ya y había sido reanimada quizás… bueno, mucho antes de eso. Así que tal vez ¿más de seis meses?
La auténtica pregunta era cuánto tiempo la habían mantenido en su confinamiento helado… pero no era como si fuera a ir a preguntarle a su madre al respecto. No se hablaban. Hasta que la hembra “sagrada” que la había dado a luz estuviera preparada para dejarla marchar, Payne no tenía nada que decir.
A decir verdad, el tratamiento de silencio no parecía estar marcando ninguna diferencia, pero ella tampoco había esperado que lo hiciera. Cuando tu yegua-madre era la creadora de la raza y no respondía ante nadie, ni siquiera ante el rey…
Era bastante fácil quedarte atrapada en tu propia vida.
Cuando su andar a través de la fuente se volvió más intenso y su túnica comenzó a empaparse, saltó fuera del estanque y comenzó a trotar, levantando los puños frente a ella, sondeando el aire con los puñetazos que arrojaba.
Ser una Elegida buena y obediente no formaba parte de su naturaleza y esa era la raíz de todos los problemas entre ella y su madre. Oh, qué desperdicio. Oh, qué decepción.
Oh, supéralo ya, querida madre.
Esas pautas de comportamiento y fe eran para otras personas. Y si la Virgen Escriba había estado buscando a otro fantasma con túnica que flotara por el lugar como una silenciosa ráfaga a través de una habitación templada, debería haber elegido otro padre para su hija.
Payne tenía el temperamento enérgico del Bloodletter, los rasgos del padre se habían transmitido a la siguiente generación.
Payne se giró rápidamente y enfrentó el golpe de puño de Wrath bloqueándolo con el antebrazo y dirigiendo un golpe de tijera hacia su hígado. El rey fue rápido en tomar represalias y el poderoso codazo que le devolvió acarreaba la posibilidad de ocasionar una concusión.
Agachándose rápidamente apenas logró apartarse de su camino. Otro de sus golpes hacia el rey hizo que éste saltara hacia atrás… a pesar de ser ciego tenía una capacidad infalible para saber precisamente dónde se encontraba ella.
Y eso significaba que adivinaría que le atacaría por el flanco. De hecho, ya estaba girando, listo para golpearla con la suela de la bota en la espalda.
Payne cambió de opinión, se arrojó al suelo y deslizó ambas piernas haciendo un barrido hacia fuera, dándole en el tobillo y haciéndole perder el equilibrio. Moviéndose rápidamente hacia la derecha quedó fuera del camino del enorme cuerpo que se tambaleaba; dando otro salto se aferró a su espalda mientras él aterrizaba con fuerza, con el cuello atrapado dentro de los límites de la curva del codo de ella que lo sujetaba sofocándolo. Para ganar fuerza extra en la palanca que ejercía al tirar de su garganta, se agarró la otra muñeca aprovechando así el otro bíceps.
¿Cómo hizo el rey para lidiar con ello? Dio una vuelta de campana.
Su increíble fuerza bruta le proporcionó el poder suficiente para poner sus pies bajo el peso de ambos y levantarse. Luego saltó en el aire y aterrizó con ella debajo, aplastada contra el mármol.
Endemoniada plataforma de súplicas… prácticamente podía sentir cómo se le doblaban los huesos. Sin embargo el rey era, ante todo, un macho de valía y en deferencia a su musculatura inferior nunca la mantenía debajo de él durante mucho tiempo. Lo cual la fastidiaba. Hubiera preferido una competición de habilidades sin contenciones, pero había diferencias que atenían al sexo que no eran negociables y simplemente los machos eran más grandes y por lo tanto más fuertes.
Por más que se resintiera contra ese hecho biológico, no había nada que pudiera hacerse al respecto.
Y cada vez que debido a su rapidez superior ella lograba asestarle un buen golpe, era extra agradable.
El rey se puso de pie con un salto ágil y se giró repentinamente, su largo cabello negro se extendió en círculo abriéndose en abanico, antes de volver a posarse sobre el judogui blanco. Con el par de lentes oscuros sobre los ojos y esa formidable extensión de músculos, se le veía magnífico, lo mejor y más puro del linaje vampiro sin mezcla de humano o ninguna otra cosa.
Aunque eso era parte de su problema. Había oído que esa ceguera era el resultado de toda esa sangre pura.
Cuando Payne intentó incorporarse, sintió un espasmo en la espalda, pero ignoró el agudo tirón y se enfrentó a su oponente una vez más. Esta vez, fue ella la que se adelantó balanceándose y lanzando golpes y para ser un macho ciego, la habilidad de Wrath para eludirla era francamente asombrosa.
Tal vez fuera ese el motivo por el cual nunca se quejaba de su discapacidad. Por otra parte, no hablaban mucho, lo que a ella le iba bien.
Aunque Payne se preguntaba cómo sería su vida al Otro Lado.
Cómo envidiaba su libertad.
Continuaron luchando, abriéndose camino alrededor de la fuente y luego a través de las columnas hacia la puerta que llevaba al santuario. Y de regreso otra vez. Y volvieron a empezar.
Al final de la sesión ambos estaban magullados y sangrando, pero no les molestaba. En cuanto sus manos cayeran a los lados y dejaran de intercambiar golpes, las heridas comenzarían a sanar.
El último puñetazo lo lanzó ella y fue un gancho abrumador que golpeó la barbilla del rey como una bola con cadena, enviando su cabeza hacia atrás y haciendo volar su cabello una vez más.
Siempre parecían estar de acuerdo, sin hablar, sobre el momento de finalizar.
Se enfriaban caminando lado a lado hacia la fuente, estirando sus músculos y haciendo chasquear sus cuellos para devolverlos a su lugar. Juntos, se lavaban el rostro y los puños en el agua limpia y clara y se secaban con paños suaves que Payne pedía que hubiera a su disposición.
A pesar del hecho de que intercambiaban puñetazos y no palabras, había llegado a pensar en el rey como en un amigo. Y a confiar en él como tal.
Era la primera vez que tenía algo parecido.
Y era verdaderamente sólo amistad. Por más que pudiera admirar de lejos sus considerables atributos físicos, no había chispa de atracción entre ellos… y esa era en parte la razón por la que funcionaba. De otra forma no se hubiera sentido cómoda.
No, no estaba interesada en nada sexual con él ni con nadie más. Los machos vampiros tenían tendencia a dominar, especialmente los de clase alta. No podían evitarlo… era, una vez más, un caso en el que lo que se llevaba en la sangre determinaba el comportamiento. Ya tenía más que suficiente con una persona que opinara acerca de su vida. Lo último que necesitaba era otra más.
—¿Estás bien? —preguntó Wrath mientras se sentaban en el borde de la fuente.
—Sí. ¿Y tú? —No le molestaba que siempre le preguntara si se hallaba bien. El primer par de veces la había ofendido… ¿como si ella no pudiera soportar los dolores post-entrenamiento? Pero luego se había dado cuenta que no tenía nada que ver son su sexo, se lo hubiera preguntado a cualquiera que se hubiera ejercitado de esa forma con él.
—Me siento genial —dijo y su sonrisa reveló unos tremendos colmillos—. A propósito, esa llave con el brazo del principio fue grandiosa.
Payne sonrió tan ampliamente que le dolieron las mejillas. Esa era otra de las razones por las que le gustaba estar con él. Como no podía ver, no había razón para ocultar sus emociones… y nada la hacía sentir más feliz que él le dijera que le había impresionado.
—Bueno, Su Alteza, sus vueltas de campana siempre me liquidan.
Ahora fue él quien sonrió aún más ampliamente y se sintió momentáneamente conmovida al pensar que su alabanza significaba algo para él.
—El peso muerto tiene sus ventajas —murmuró.
Abruptamente, se volvió hacia ella, las gafas oscuras que siempre usaba, le hicieron pensar, una vez más, que tenía aspecto cruel. Sin embargo había probado, una y otra vez que ese no era el caso.
Se aclaró la garganta.
—Gracias por esto. Las cosas en casa están mal.
—¿Cómo es eso?
Él miró a lo lejos, como si estuviera observando el horizonte. Actitud que probablemente fuera una reminiscencia de cuando apartaba los ojos para ocultar sus emociones a los demás.
—Hemos perdido a una hembra. El enemigo la tenía. —Sacudió la cabeza—. Y uno de los nuestros está sufriendo por ello.
—¿Estaban emparejados?
—No… pero se comporta como si lo estuvieran. —El Rey se encogió de hombros—. No percibí la conexión que había entre ellos. Nadie la percibió. Pero… ahí está y esta noche surgió a lo grande.
Un ansia por lo de abajo, por las vidas terrenales que eran traumáticas pero vívidas, hizo que se inclinara hacia delante.
—¿Qué sucedió?
El rey se apartó el cabello hacia atrás dejando ver el severo pico de viuda que se le formaba en la frente tan en contraste con su piel dorada.
—Esta noche masacró a un lesser. Asesinó directamente al bastardo.
—Ese es su deber ¿no?
—No fue en el campo de batalla. Fue en la casa donde los asesinos habían retenido a la hembra. El bastardo tendría que haber sido interrogado, pero John simplemente cayó sobre él. John es un buen chico… pero este tipo de mierda de macho emparejado… puede ser mortal y no en el buen sentido, ¿entiendes?
Recuerdos de estar en el Otro Lado, de corregir errores y luchar, de…
La Virgen Escriba salió a través de las puertas de sus aposentos privados con su túnica negra flotando levemente sobre el suelo de mármol.
El rey se puso de pie e hizo una reverencia… y no obstante de alguna forma logró no mostrar una actitud servil. Otra razón para que le agradara.
—Querida Virgen Escriba.
—Wrath, hijo de Wrath.
Y eso fue… todo. Como se suponía que no debías hacer preguntas a la madre de la raza y como la madre de Payne permaneció en silencio después de eso, no ocurrió nada más.
Sí, porque… que las parcas nos libraran… a nadie se le ocurriría imponerle ninguna pregunta a esa hembra. Y quedaba claro el motivo de la interrupción. Su madre no deseaba un cruce entre Payne y el mundo exterior.
—Me retiraré ahora —le dijo Payne al rey. Porque no se hacía responsable de lo que saldría por su boca si su madre se atrevía a decirle que se retirara. El rey adelantó su puño.
—Adiós. ¿Mañana?
—Será un placer.
Payne golpeó los nudillos contra los de él, como él le había enseñado que se acostumbraba y se dirigió hacia la puerta que conducía al santuario.
Al otro lado de los paneles blancos, el brillante césped verde aturdió sus ojos y parpadeó mientras pasaba junto al Templo del Primale en dirección al alojamiento de las Elegidas. Ahora las flores amarillas, rosas y rojas crecían en manojos fortuitos, los alegres tulipanes mezclados con junquillos y lirios.
Todas floraciones de primavera, si recordaba bien de su breve estancia en la Tierra.
Aquí siempre era primavera. Siempre acercándose al verano pero sin alcanzar nunca su plena magnificencia y su impetuoso calor. O al menos… de lo que había leído acerca de cómo era el verano.
El edificio con columnas donde residían las Elegidas estaba dividido en habitaciones de forma cúbica que ofrecían algo de privacidad a sus moradoras. En ese momento la mayoría de las estancias estaban vacías y no solo debido a que las Elegidas eran una especie en extinción. Desde que el Primale las había «liberado», la colección privada de etéreas-buenas-para-nada de la Virgen Escriba estaba disminuyendo gracias a los viajes hacia el Otro Lado. Sorprendentemente, ninguna de ellas había decidido dejar de ser Elegida, pero contrariamente a lo que sucedía antes, si decidían cruzar hasta el complejo privado del Primale, les estaba permitido regresar al santuario.
Payne se dirigió directamente a los baños y sintió alivio al ver que estaba sola. Sabía que sus «hermanas» no entendían lo que hacía con el rey y así podría disfrutar del sosiego resultado del ejercicio sin sentirse observada por otras. La sala de baños comunitaria estaba erigida sobre un majestuoso espacio de mármol, la enorme piscina tenía una cascada en el extremo más alejado. Como con todo lo demás que había en el santuario, las leyes de la racionalidad no se aplicaban: el cálido y precipitado torrente que se vertía sobre el borde de la piedra blanca estaba siempre limpio, siempre fresco, aunque no tuviera origen o desagüe evidente.
Quitándose la túnica modificada, que había confeccionado imitando el judogui de Wrath, como él lo llamaba, entró caminando a la piscina con la ropa interior puesta. La temperatura era siempre perfecta… e hizo que ansiara un baño que estuviera demasiado caliente o demasiado frío.
En el centro de la gran piscina de mármol, el agua era lo suficiente profunda como para nadar y su cuerpo disfrutó del estiramiento que le proporcionaba el movimiento de sus ingrávidas brazadas. Sí, ciertamente ésta era la mejor parte del entrenamiento. Salvo por las veces en que le propinaba a Wrath un buen golpe.
Cuando llegó a la cascada, caminó por el agua hacia ella y deshizo las trenzas de su cabello. Era más largo que el de Wrath y había aprendido no sólo a trenzarlo, también a recogérselo en la base del cuello. De otra forma, era como entregarle una cuerda con la que tirar de ella.
Bajo las finas gotas que caían, la esperaban barras de jabón de dulce aroma y utilizó una para enjabonarse todo el cuerpo. Cuando se giró para enjuagarse, se dio cuenta de que ya no estaba sola.
Pero al menos la figura vestida de negro que había entrado cojeando, no era su madre.
—Hola —gritó Payne.
No’One hizo una reverencia, pero como era su costumbre, no respondió y de repente Payne lamentó haber dejado su túnica en el suelo.
—Yo me ocupo de eso —dijo y su voz hizo eco a lo largo de la caverna.
No’One simplemente sacudió la cabeza y levantó la prenda. La doncella era muy amable y silenciosa, hacía sus tareas sin quejarse aún cuando tenía algún tipo de discapacidad.
A pesar de que nunca hablaba, no era difícil adivinar cuál era su triste historia. Otro motivo para despreciar a aquella que había dado origen a la raza, pensó Payne. Las Elegidas, al igual que la Hermandad de la Daga Negra, habían sido engendradas dentro de ciertos parámetros con la intención de obtener el resultado deseado. Mientras los machos debían ser de buena sangre y espalda fuerte, agresivos y honorables en la batalla, las hembras debían ser inteligentes y alegres, capaces de controlar los instintos más primitivos de los machos y civilizar a la raza. El Yin y el Yang. Dos partes de un todo, con el requerimiento de la alimentación a base de sangre asegurando que los sexos estuvieran unidos para siempre.
Pero no todo iba bien dentro del plan divino. La verdad era que la crianza había ocasionado problemas y aunque en el caso de Wrath las leyes estipulaban que, como hijo del rey, debía asumir el trono tuviera o no alguna discapacidad, las Elegidas no eran tan afortunadas. Los defectos eran rechazados por las leyes de crianza. Siempre lo habían sido. Por lo que alguien como No’One, que era minusválida, se veía relegada a servir a sus hermanas debajo de una capa… una vergüenza que se ocultaba y de la cual no se hablaba pero que no obstante era contemplada con «amor».
O sería más indicado decir «lástima».
Payne sabía exactamente cómo debía sentirse la hembra. No en cuanto a tener un defecto físico, sino por ser relegada a un conjunto de expectativas a la altura de las cuales una no podía vivir.
Y hablando de expectativas…
Layla, otra de las Elegidas, entró en el baño y se quitó la túnica, entregándosela a No’One con la sonrisa gentil que era su rasgo distintivo. Cuando bajó los ojos y entró en el agua perdió esa expresión. Verdaderamente la hembra parecía estar enredada en pensamientos no muy agradables.
—Saludos, hermana —dijo Payne.
Layla giró la cabeza alzando vivamente las cejas.
—Oh… en verdad no me di cuenta que estabas aquí. Saludos, hermana.
Después de que la Elegida hiciera una profunda reverencia, se sentó en uno de los bancos de mármol sumergidos y aunque Payne no era conversadora, algo en el profundo silencio de la otra hembra la atrajo.
Terminó de enjuagarse, se acercó nadando a Layla que estaba lavándose las heridas punzantes que tenía en la muñeca y se acomodó a su lado.
—¿A quién alimentaste? —preguntó Payne.
—A John Matthew.
Ah, sí, sería tal vez el macho al que había aludido el rey.
—¿Todo salió como debía?
—Ciertamente. Así fue, de verdad.
Payne reclinó la cabeza apoyándola contra el borde de la piscina y examinó la rubia belleza de la Elegida. Después de un momento, murmuró:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Por qué tanta tristeza? Siempre te acompaña… vuelves apenada. —A pesar de que lo sabía. Para una hembra ser forzada a practicar el sexo y a proveer alimento sólo porque era tradición era una violación injusta.
Layla contemplaba las marcas de pinchazos sobre su vena con una especie de fría abstracción, como si estuviera especulando sobre las heridas de otra persona. Y luego sacudió la cabeza.
—No debo lamentar la gloria que me ha sido otorgada.
—¿Gloria? En verdad, parece que te hubieran dado algo totalmente distinto. —Una maldición sería más adecuado decir.
—Oh, no, es una gloria ser de utilidad…
—De verdad, no te ocultes detrás de tales palabras cuando tu aspecto contradice a tu corazón. Y como siempre, si tienes una crítica a la Virgen Escriba en los labios, ven a sentarte a mi fogón. —Cuando un par de conmocionados ojos verde claro se alzaron, Payne se encogió de hombros—. Nunca he ocultado lo que siento. Jamás.
—No… realmente no lo has hecho. Es sólo que parece tan…
—¿Poco femenino? ¿Inapropiado? —Payne hizo crujir sus nudillos—. Qué pena.
Layla exhaló larga y lentamente.
—Yo he sido adecuadamente entrenada, sabes. Como ehros.
—Y eso es lo que no te gusta…
—En absoluto. Es lo que no conozco y desearía conocer.
Payne frunció el ceño.
—¿No eres utilizada?
—A decir verdad, fui rechazada por John Matthew la noche de su transición, después de haberle ayudado a atravesar el cambio. Y cuando voy a alimentar a los Hermanos, siempre permanezco intacta.
—Ruego me perdones… —¿Estaba oyendo bien?—. Deseas tener sexo. Con uno de ellos.
El tono de Layla se volvió agudo.
—Seguramente tú de entre todas mis hermanas puedes entender lo que es no pasar de ser un potencial.
Bueno… lo había entendido todo mal.
—Con todo el debido respeto, no puedo comprender por qué podrías querer… eso… con uno de esos machos.
—¿Por qué no habría de quererlo? Los Hermanos y esos tres machos más jóvenes son hermosos, criaturas fuertes y phearsom. Y dado que el Primale nos ignora a todas… —Layla sacudió la cabeza—. Habiendo sido bien instruida, habiéndolo visto descrito en los libros y habiendo leído acerca del acto… quiero experimentarlo por mí misma. Aunque sea una sola vez.
—Realmente, no puedo convocar la más mínima inclinación, nunca la sentí y no creo que nunca la sienta. Prefiero luchar.
—Entonces te envidio.
—¿Eh?
Los ojos de Layla parecían ancianos.
—Es mucho mejor sentir desinterés que insatisfacción. Lo primero es un alivio. Lo otro es un vacío que te pesa profundamente.
Cuando apareció No’One con una bandeja de fruta cortada y zumo fresco, Payne dijo:
—No’One ¿querrías unirte a nosotras?
Layla le sonrió a la criada.
—Claro. Por favor hazlo.
Con una sacudida de cabeza y una inclinación, No’One dejó el refrigerio que tan atentamente había preparado y fue a ocuparse de sus asuntos, cojeando a través de la arcada para salir de los baños
El ceño de Payne se mantuvo en su lugar mientras que ella y la Elegida Layla permanecían en silencio.
Rumiando sobre el intercambio que habían tenido, le resultaba difícil entender cómo podían tener opiniones tan absolutamente contrarias… y ambas tener razón. Por el bien de Layla, Payne deseó estar equivocada; qué decepcionante debía ser desfallecer por algo que estuviera muy, muy por debajo de lo que las expectativas le atribuían ser.

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