martes, 1 de junio de 2010

Lover mine (Capítulo XVI)

Capítulo XVI

John tuvo que arrancarse de aquella habitación. Si no hubiera sido por la lógica aplastante y la necesidad de partir en dos a ese lesser, no habría sido capaz de mover sus botas ni un milímetro.
Habría jurado sentir la presencia de ella… pero sabía que eso era una trampa mental nacida de su búsqueda. Ella no estaba en la habitación. Había estado en la habitación. Dos cosas totalmente distintas… y su única oportunidad de averiguar qué le había sucedido estaba abajo, en la cocina.
Mientras se dirigía al primer piso, se frotó los ojos y el rostro, descubriendo que su mano quería entretenerse en su mejilla. La piel de allí le hormigueaba… algo así como cuando Xhex lo había tocado en una de esas raras ocasiones.
Dios… la sangre en esa habitación. Toda esa sangre. Ella se había defendido de Lash y aunque era una fuente de orgullo pensar que había rajado al cabrón un buen número de veces, no pudo soportar la realidad de lo que había acaecido en ese dormitorio.
John giró a la izquierda y caminó airado a través del comedor, intentando concentrarse de nuevo en la partida mientras sentía como si le hubieran arrancado la piel y arrojado en carne viva al océano. Empujó la puerta de servicio de la cocina.
En el instante en que sus ojos se centraron sobre el lesser, un terremoto lo arrasó y su firmamento se rompió hasta su mismísimo centro. Estiró la boca completamente abierta y soltó un rugido mudo.
Cuando se abalanzó hacia adelante, su furia hizo estallar los colmillos en su boca y su cuerpo funcionó con el piloto automático. Se desmaterializó en el espacio, tomando forma delante del bastardo. Empujó a Blay lejos del asesino y el vampiro vinculado en John atacó con un tipo de ferocidad de la que sólo había oído hablar… pero nunca había visto.
Y desde luego nunca experimentado.
Con la vista completamente en su blanco y los músculos vigorizados por la rabia, era todo acción, nada de pensamiento mientras atacaba. Con las manos en forma de garras, los colmillos cortantes como dagas y su ira interior tan intensa que le convertía en un animal.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tardó… ni de lo que hizo. Lo único que registró fue la vaga conciencia de que todo lo que podía oler era un hedor dulzón.
Algún tiempo después… mucho después… una vida después… se detuvo para tomar aliento y se encontró a cuatro patas, con la cabeza colgando y los pulmones ardiendo por el esfuerzo. Tenía las palmas plantadas en las baldosas resbaladizas por la sangre negra, algo le goteaba del cabello y le salía por la boca.
Escupió un par de veces intentando deshacerse del repúgnate sabor, pero fuera lo que fuera, la mierda no estaba sólo en su lengua y sus dientes, le bajaba por la garganta hasta el estómago. Además le escocían los ojos y los tenía borrosos.
¿Estaba llorando otra vez? Ya no sentía tristeza… sólo vacío.
—Jesu… cristo… —dijo alguien en voz baja.
De repente se sintió exhausto, John dejó que su codo se relajara y cambió su peso al costado. Posando la cabeza en un charco refrescante, cerró los ojos. No tenía fuerzas. Todo lo que podía hacer era respirar.
Un rato después, oyó a Qhuinn hablándole. Por mera cortesía, más que por tener idea de lo que estaba pasando, asintió cuando se hizo una pausa.
Quedó momentáneamente sorprendió cuando sintió manos en sus hombros y piernas. Sus párpados se las arreglaron para parpadear cuando fue levantado.
Qué raro. Las encimeras y los armarios habían sido blancos cuando entraron por primera vez. Ahora… estaban pintados de un negro muy brillante.
Desvariando, se preguntó por qué alguien habría hecho aquello.
El negro no era precisamente un color acogedor.
Cerrando los ojos, sintió golpes y trompazos mientras era trasladado fuera y luego se produjo un levantamiento final seguido por el aterrizaje de su cuerpo en una pila desmadejada. Se encendió el motor del coche y se cerraron las puertas.
Estaban en camino. Sin duda de regreso al complejo de la Hermandad.
Antes de desmayarse del todo, alzó la mano y se la llevó a la mejilla. Lo cual le hizo darse cuenta de que se había olvidado la almohada.
Despertándose de golpe, se levantó, como Lázaro regresando de la muerte.
Sin embargo, Blay estaba justo allí con lo que se había llevado.
—Aquí tienes. Me aseguré de que no nos fuéramos sin esto.
John agarró aquello que todavía olía a Xhex y acurrucó su enorme cuerpo alrededor. Y eso fue lo último que recordaría del viaje de regreso a casa.
* * *
Cuando Lash despertó, estaba exactamente en la misma posición en que había estado cuando cayó dormido: de espaldas con los brazos cruzados sobre el pecho… como un cadáver dispuesto en un ataúd. Antes, cuando había sido un vampiro, se removía durante el día, despertándose normalmente de lado con la cabeza debajo de la almohada.
Cuando se incorporó, lo primero que hizo fue examinar las lesiones de su pecho y estómago. Sin cambios. No peor, pero sin cambios. Y su nivel de energía no había mejorado de manera significativa.
A pesar del hecho de que había dormido… Jesucristo, ¿tres horas? ¿Qué demonios?
Jodidas gracias que había tenido el sentido común de posponer esa cita con Benloise. No te encontrabas con un hombre así cuando tenías este aspecto y te sentías como si hubieras estado de juerga una semana y media.
Sacando las piernas fuera de la cama, se apoyó y empujó su culo fuera del colchón, poniéndose derecho. Mientras su cuerpo serpenteaba, no oyó nada excepto silencio en el piso de abajo. Oh… espera. Alguien estaba vomitando. Lo que significaba que el Omega había acabado su asuntillo con el nuevo recluta y el chico estaba comenzando de seis a diez divertidas horas de vómitos.
Lash recogió la camisa manchada y el traje, preguntándose dónde demonios estaba su muda de ropa. Al señor D no le llevaría tres horas llevar su culo a casa de Benloise, cambiar la cita, luego dirigirse a la casa para alimentar a Xhex y elegir un nuevo juego de trapos del armario.
En su camino de descenso por las escaleras, Lash marcó el número del idiota, y cuando saltó el buzón, espetó:
—Joder, ¿dónde está mi ropa, gilipollas?
Colgó y miró al interior del comedor a través del pasillo. El nuevo recluta ya no estaba sobre la mesa. Estaba parcialmente debajo y agachado sobre un balde, con arcadas secas como si tuviera una rata en las tripas que no pudiera encontrar la salida.
—Aquí te dejo —dijo Lash en voz alta.
Esto provocó una pausa y el recluta levantó la mirada. Tenía los ojos inyectados en sangre y algo parecido a agua sucia de lavar los platos saliéndole por la boca abierta.
—¿Qué… me está pasando? —Voz pequeña. Pequeñas palabras.
La mano de Lash fue hacia la llaga en su pecho y se le hizo difícil respirar mientras pensaba una vez más que a los reclutas nunca se les explicaba la historia completa. Nunca sabían qué esperar ni el valor total de lo que entregaban o recibían.
Nunca antes había pensado en sí mismo como un recluta. Era el hijo, no otro piñón en la maquinaria del Omega. ¿Pero cuánto sabía en realidad?
Se obligó a alejar la mano de la lesión.
—Vas a ponerte bien —le dijo con rudeza—. Todo… va a salir bien. Vas a desmayarte un rato y cuando te despiertes… te volverás a sentir tú mismo, sólo que mejor.
—Esa cosa…
—Es mi padre. Todavía vas a trabajar para mí, como dije. Eso no ha cambiado —se dirigió hacia la puerta cuando el impulso de huir se hizo demasiado fuerte para combatirlo—. Te enviaré a alguien.
—Por favor… no me dejes —imploraron unos acuosos ojos y una mano manchada se extendió—. Por favor…
Las costillas de Lash se agarrotaron, comprimiendo sus pulmones hasta el punto de funcionar mal, hasta que no pudo arrastrar más aire por la garganta.
—Alguien vendrá por ti.
Fuera de la puerta, fuera de la casa, fuera del lío. Se metió rápidamente en el Mercedes, detrás del volante y se encerró en el coche. Salió disparado por el corto camino de entrada de la granja. Le llevó unos tres kilómetros poder respirar correctamente y no fue hasta que vio los rascacielos del centro que se sintió más cómo él mismo.
Mientras se dirigía a la casa de piedra arenisca, llamó al señor D dos veces más, saltó el buzón de voz y luego… el buzón de voz.
Bajó por la derecha del callejón hacia el garaje. Estaba listo para arrojar el teléfono por la ventana de pura frustración.
Levantando el pie del acelerador, dejó que otro coche lo pasara… pero no disminuyó la velocidad sólo por cortesía hacia el Porsche de su vecino.
La puerta del garaje de la casa estaba abierta de par en par y el Lexus del señor D estaba aparcado dentro. Sin ningún protocolo.
Eso y todas las llamadas sin respuesta fueron una bandera roja del tamaño de Texas y el primer pensamiento de Lash fue para Xhex. Si esos cabrones de los Hermanos se la habían llevado, iba a estacarlos sobre el césped y dejaría que el sol se ocupara de ellos bien y despacito.
Cerrando los ojos, envió sus instintos al exterior… y tras un momento, pudo sentir al señor D, pero las señales eran muy débiles. Casi imperceptibles. El cabrón evidentemente había sido apaleado, pero estaba sin rematar aún.
Cuando un coche se puso detrás de él y tocó el claxon, se dio cuenta de que se había parado en seco en medio de la calle.
Normalmente, su primer movimiento habría sido meter el Mercedes en el garaje y entrar como un rayo en la casa con los puños en alto… pero estaba a media asta en el mejor de los casos, flojo y mareado. Y si los Hermanos estuvieran todavía dentro, ahora no era el momento de encarar a su enemigo.
Incluso los lessers podían despertarse muertos. Incluso el hijo del mal podría ser enviado a casa.
¿Pero qué pasaba con su hembra?
Perseguido por un extraño y frío terror, Lash pasó de largo el callejón, tomó la primera a la derecha y luego otra vez. Mientras circulaba por delante de su casa, rogó como una putita para que ella todavía estuviera…
Alzó la mirada hacia las ventanas de la segunda planta, la vio en la habitación y su alivio fue tan potente que la respiración le abandonó en un resuello. No importaba qué hubiera sucedido en esa casa, no importaba quién se hubiera infiltrado, Xhex todavía estaba dónde la había dejado. Su rostro estaba claro para él y sólo para él. Podía ver al otro lado del cristal sus ojos alzados hacia el cielo y su mano en la garganta.
Qué imagen tan encantadora, pensó. Le estaba creciendo el cabello, comenzaba a rizarse y con la luz de la luna en lo alto de sus pómulos y labios perfectos era francamente una imagen romántica.
Todavía era suya.
Lash se obligó a seguir conduciendo. La cuestión era que ella estaba a salvo dónde estaba… Su prisión invisible era impenetrable para cualquier vampiro, humano o lesser, ya fuera un Hermano o simplemente cualquier tipo con una pistola y huevos.
¿Y si entraba y tenía una escaramuza con los Hermanos? ¿Y si resultaba herido? Iba a perderla, porque el hechizo en el que ella estaba atrapada le restaba energías para mantenerlo. Ya estaba teniendo bastantes problemas convocando la fuerza suficiente para que siguiera funcionando… y aunque despreciaba su debilidad, era un puñetero realista.
Mantenerlo funcionando le mataría. Le mataría absolutamente
Pero era la decisión correcta. Si quería retenerla, tenía que dejarla atrás hasta que el amanecer despejara esa casa.
Le llevó un rato comprender de que estaba conduciendo sin rumbo fijo. Pero la verdad era que la idea de regresar y quedarse en uno de esos pequeños ranchos de mierda que la Sociedad Lessening tenía en propiedad le hacía desear arrancarse la piel del rostro a tiras.
Tío, ¿no iba a amanecer nunca?
Hasta cierto punto, no podía creer que fuera tan cobarde como para estar largándose. Pero por otro lado, estaba teniendo problemas para mantener la cabeza despejada y los ojos abiertos al volante. Cuando volvió al principio del puente de Caldwell en dirección oeste, no sólo era la rutina del cansancio. Las llagas bien podían ser de las batallas con Xhex, pero el agotamiento era…
La respuesta se le ocurrió mientras echaba un vistazo a las calles en dirección este. Era tan obvio y aún así lo golpeó con tal fuerza que levantó el pie del acelerador.
Este y oeste. Izquierda y derecha. Noche y día.
Por supuesto que alimentarse del señor D sólo lo había ayudado teóricamente.
Necesitaba una hembra. Una hembra lesser.
¿Por qué no había caído en la cuenta antes? Los vampiros varones se fortalecían sólo con la sangre del sexo opuesto. Y aunque el lado de su padre era muy dominante en él, claramente había colmillo de sobra ahí al que tenía que alimentar.
Después de tomar la vena del señor D sólo se había sentido parcialmente satisfecho.
Bien, esto lo cambiaba todo… y le brindaba a Xhex todo un nuevo futuro.

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